Almas que dejan huellas
Cuando nos encontramos tristes, o simplemente apagados, no existe mejor remedio que un cálido abrazo y un consejo de un ser querido. No hay nada más aliviador que el consuelo y el cariño de una persona por la que sientes aprecio. Así son las relaciones humanas, encuentros entre seres en los que abunda la bondad, la estima y la perceptibilidad. Estas se caracterizan por nuestra sensibilidad y nuestra capacidad de empatizar. Los seres humanos, como Aristóteles sostiene, necesitamos vivir en sociedad; nos necesitamos los unos a los otros para coexistir. Por consiguiente, la sociedad se caracteriza por la existencia y unión de las relaciones humanas: algo tan único e irreproducible en otros animales.
Si hablamos sobre educación, se nos vienen a la mente palabras como enseñar, aprender, profesor, alumno… Y aunque no lo mencionemos explícitamente, hablamos de relaciones humanas. En el momento en el que el profesor pisa el suelo de un aula repleto de niños, comienza a generarse una relación. No es necesario ni que hable para que se genere esta relación; no olvidemos que una relación no precisa de comunicación verbal. En ese momento, se produce algo inexplicable, un momento pedagógico indescriptible. Algo superior a nosotros entra en juego. Y en ese simple pero complejo instante da comienzo (o continúa) una relación humana entre el profesor y sus alumnos.
Quizá por eso Wenger y Lave defendían que el aprendizaje no nace únicamente de los contenidos, sino también de la participación y del sentimiento de pertenencia que se genera dentro de una comunidad. Y es que, sinceramente, hay aprendizajes que no se pueden explicar con un examen, una nota o un libro; aprendizajes que únicamente aparecen cuando alguien se siente comprendido, acompañado y verdaderamente visto.
Ese encuentro supone un entendimiento entre almas. En ocasiones, puede dar fruto a malentendidos, discrepancias o incluso enfrentamientos. Pero aquellas relaciones en las que su último fin es un encuentro íntimo y bondadoso de las almas, siempre encontrarán su salida; porque en esencia, las almas buscan estabilidad y tranquilidad.
Aquel profesor que fue capaz de poner en práctica su empatía y bondad; aquel profesor que fue capaz de establecer una conexión que dejó un rastro indeleble; puso en evidencia esta teoría. Aquellas almas docentes que buscaron generar un positivo impacto en el cálido corazón de sus alumnos, serán almas inolvidables. Porque no hay nada más reconfortante que contar con el apoyo de alguien; no hay nada más reconfortante que el comprometido intento de un ser que pone todo su empeño en ayudar; no hay nada más reconfortante que la vocación de un profesor.
Cuando hallamos en el recuerdo, con cariño, a un profesor que nos influyó de una bonita manera; hablamos de huellas. Huellas que no nos dejaron indiferentes. Huellas que fueron creadas por almas que dejaron un imborrable recuerdo en nuestro corazón. Y recuerda, nuestro corazón es fruto de los pedacitos de alma de cada uno. Estos pedacitos aguardan la belleza de las almas, sus rasgos virtuosos y sus rasgos diferenciales.
Entre estos pedacitos, se hallan aquellos profesores que fueron capaces de generar una conexión que trascendía lo tangible, lo material. Este encuentro no se puede percibir a simple vista, pero se siente. Hay una conexión, hay un entendimiento, hay un asemejamiento. Son almas que dejaron huellas.
Foto extraída de Canva

Qué bonito Bea! Me parece super necesario tratar el ámbito de las relaciones humanas porque, ¿qué seríamos sin ellas? Realmente si nos damos cuenta, muchas cosas que nos hacen ser nosotros las hemos aprendido de otras personas, al relacionarnos con el mundo en general. Y sobre lo de dejar huella, estoy segura que con el tacto y el corazón tan bonito que tienes conseguirás dejar esa huella en cualquiera!!
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