Luces que merecen permanecer encendidas
Esencia. Una palabra tan perfecta. Tan perfecta porque todos la tenemos; y cada uno la manifiesta de una manera distinta, curiosamente conforme a nuestra esencia. La RAE (Real Academia Española) la describe como aquello que constituye la naturaleza de las cosas, lo permanente e invariable de ellas. Y es que la definición no puede ser más acertada. La esencia implica una identidad profunda y autenticidad. A mí me gusta referirme a ella como la luz interior de cada uno. Es aquello que nos distingue, que nos hace únicos. Se trata de algo que destacan de ti cuando te escriben una carta; lo primero que se le viene a la cabeza a alguien cuando piensa en ti; aquello que un ser querido incluye en tu felicitación de cumpleaños cuando te dice que eres una persona especial. Es algo intransferible pero altamente delicado. Se ve alterado por las traicioneras expectativas que convierten esa luz interior, en la que nos sentimos en paz con nosotros mismos, en una oscuridad de la que no podemos escapar.
Foto extraída de Pinterest @entertaintime2
¡Ay, las expectativas! Como algo, en un primer instante, puede parecer tan insignificante, y si realmente nos sumergimos en ese abrumador mar, podemos observar como las temerosas y elevadas olas pueden ir atrapando y apoderándose de las coloridas y brillantes criaturas del pacífico agua. Y es que no hablamos de agua, sino de personas. Personas a las que se les exige ser de una determinada manera, se espera que sean de una forma concreta; y si no lo son, mejor no saber qué les sucede. Estas expectativas atrapan la autoestima y autenticidad de la persona, la degradan; y la persona acaba perdiendo parte, una gran parte, de su esencia.
Pero, vayamos por partes para descomponer este abrupto suceso. En primer lugar, ¿qué entendemos por expectativas? O mejor formulado para el contexto del que quiero hablaros: ¿qué son las expectativas del docente? Pues bien, son creencias o predicciones que los profesores generan en su mente acerca del rendimiento tanto actual como futuro de sus estudiantes, basándose en experiencias o información previa. Hasta entonces parece inocente ¿no? Pero al igual que las monedas, las expectativas tienen dos caras, y curiosamente ninguna de ellas genera resultados agradables. En cuanto al anverso de la moneda, la cara, hablamos de expectativas altas hacia los estudiantes; mientras que cuando hablamos del reverso de la moneda, la cruz, nos referimos a las expectativas bajas hacia los estudiantes. Aunque parezcan polos opuestos, comparten muchas más características de lo que parece a simple vista.
Y es que para entender los efectos de tanto las expectativas altas como las bajas de los profesores hacia los estudiantes, voy a necesitar que prestéis atención con detalle al siguiente mito. Para sumergirnos en él, viajaremos en el tiempo, a la mitológica Grecia. Y como toda buena historia, esta comienza con un érase una vez….
Érase una vez un rey; este rey afirmaba que no se enamoraría de ninguna mujer que no fuese perfecta. Tras emplear una cantidad de tiempo considerable en su búsqueda, se frustró al no encontrar a una mujer que cumpliera con tal requisito. Así que decidió dejar de buscar y comenzó a crear esculturas de mujeres. Entre sus obras, se encontraba una escultura que se convirtió en su mejor obra. La escultura tenía una belleza tan perfecta que el rey acabó enamorándose de ella y la llamó Galatea. El rey, profundamente enamorado por su belleza, comenzó a actuar como si ella fuese real, proporcionándole atención y cariño. Durante una festividad en honor a Afrodita, el rey le suplicó a la diosa que la escultura cobrase vida. Su dedicación con la escultura era tan intensa que Afrodita optó por cumplir con el deseo del rey; y Galatea se convirtió en una mujer de carne y hueso. Finalmente, como toda buena historia,acaba con un final feliz… El rey y Galatea se casaron y tuvieron una hija llamada Pafos.
Quizás si os cuento cómo se llamaba el rey, entenderéis por dónde van los tiros. El rey se llamaba Pigmalión. ¿Entendéis a qué conocido efecto me estoy refiriendo? Se trata del efecto Pigmalión. Este hace referencia a cómo las expectativas sobre alguien pueden ejercer una considerable influencia en su comportamiento y provocar que se conviertan en realidad. Esta historia, proveniente de la mitología griega, nos muestra el origen del efecto Pigmalión. En él, podemos observar cómo las creencias y expectativas de Pigmalión acaban cobrando vida y haciéndose realidad.
Y como cualquier suceso que transcurre en nuestra historia, el efecto Pigmalión está presente en la educación. Este efecto se comenzó a investigar en el ámbito educativo con un experimento llevado a cabo por Rosenthal y Jacobson. En el experimento, se informaba al profesorado de una escuela en particular acerca de los resultados que los estudiantes habían obtenido en un test de inteligencia. La cuestión es que había una “trampa”; el test era ficticio, realmente no se hizo. Se informó, de manera aleatoria (y totalmente ficticia) que algunos alumnos habían obtenido unas notas significativamente altas; y que debido a esto, al final del curso tendrían los mejores resultados. Al final del curso, se observó que aquel grupo de los “mejores alumnos” obtuvieron los mejores resultados en el curso, evidenciando cómo intervinieron las expectativas del profesorado en el proceso.
Si tenemos en cuenta la efectividad del efecto Pigmalión, nos daremos cuenta que como educadores, tenemos en nuestras manos un gran poder, y una gran responsabilidad de ponerlo en práctica adecuadamente. Porque un mal uso de las expectativas puede desarrollar efectos notablemente negativos.
Retomemos la moneda de la que os hablaba. Por un lado teníamos la cruz, que recordemos a qué hacía referencia: a las expectativas bajas del profesorado. ¿Cómo influyen estas en la educación? Pues bien, cuando un profesor define a un alumno como “caso perdido” ya sea por su dificultad en alguna asignatura en particular o por su comportamiento disruptivo; automáticamente le entrega el siguiente mensaje al niño: “no hay nada que hacer contigo, eres un desastre”. No tiene por qué decirle nada al niño, él implícitamente los transmite en su comportamiento, en su mirada… Y esto, desafortunadamente, es percibido por el alumno.
El niño, que no es un desastre, ni un caso perdido, acaba creyendo que lo es. Se le etiqueta de una manera y él mismo acaba adentrándose en esa etiqueta. Se mete en esa burbuja y no es capaz de salir. Siente que él no es más que eso; y podréis pensar ¿y por qué no sale de esa burbuja? Pues no es tan sencillo… ¿Qué cualidad caracteriza a las burbujas? Su delicadeza, un simple roce y explotan. Pues bien, el niño atrapado en esa burbuja, interioriza esa etiqueta, piensa que así es él. Se vuelve su zona de confort. Rectifico. En esa zona no hay confort; hay desesperación, frustración y un alma rota en pedacitos. Tiene miedo a salir de esa zona de no confort, porque se puede romper; y la rotura de esa burbuja, supondría enfrentarse a aquello que esperan los demás de él. Traduciéndose en una posible reacción de sorpresa, desagrado o incluso rechazo, por parte de otras personas. El niño, con temor, prefiere evitar esta situación. Y todo esto suponiendo que la persona cree que esa etiqueta no es verdad. Porque si lo cree, se puede ver atrapada en ella como si se encontrase en una telaraña. Y aquí vemos como una esencia, una luz, se apaga y progresivamente va perdiendo su brillo.
Y quizás ahí es donde la educación puede volverse peligrosa. Ivan Illich criticaba precisamente cómo, en ocasiones, la escuela acaba clasificando, etiquetando y haciendo creer al alumno que vale únicamente aquello que los demás esperan de él. Y sinceramente, creo que pocas cosas dañan más la esencia de una persona que crecer sintiendo que nunca será suficiente o que ya ha sido definida antes incluso de descubrir quién es realmente.
El reverso de la moneda ha resultado una terrorífica situación, veamos el anverso. A simple vista, parece amistoso, si el profesor confía en ti, tiene las expectativas altas, condiciona tu forma de actuar y tú alcanzarás lo propuesto. Hasta entonces todo bien, pero qué sucede cuando esas expectativas son tan elevadas que cuando el alumno no las cumple se le desprecia. Yo te lo resumo en tres palabras: autoexigencia, perfeccionismo, frustración. Y como no acaba en daños en la esencia, al igual que con las expectativas bajas.
Foto extraída de Pinterest @rostefanoblancoescobar
A pesar de lo expuesto, no todo es malo, al fondo del camino hay un haz de luz. Si atendemos nuevamente a la definición de la RAE, esta sostenía que la esencia era aquello permanente e invariable; con lo cual, aunque la esencia se manifieste dañada, en realidad sigue ahí, no desaparece. No se manifestará pero permanece ahí, en el corazón del alma. Porque aunque haya mencionado anteriormente que las expectativas provocan que la persona pierda parte de su esencia, esto no debe darse por perdido definitivamente; sino que la persona debe realizar una búsqueda e indagar dónde se encuentra. Porque está ahí. La esencia nunca se pierde; puede parecerlo, pero esto no es así.
¿Cuál es la moraleja de esta entrada? De los extremos nunca sale nada positivo. Busca ese equilibrio, sin escasez ni exceso. Confía en tus alumnos, se consciente de su capacidad y transmíteles luz y confianza. Pero nunca dañes su luz interior. Mantén su esencia intacta y haz que esta se vuelva incluso más auténtica. Haz que estén orgullosos de cómo son. Potencia esa luminosidad que contienen pero nunca apagues su brillo, su esencia.


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